Capítulo 1
Las Flores del Jardín
1ª Parte.
Preludio
Elizabeth miró su diario, tan lleno de historias, pensamientos y sentimientos, de recuerdos y sueños, mientras que su mente vacía ya no recordaba ni sentía nada. Al final de cada día, solo aquella libreta guardaba los minutos y las horas, los nombres y caras de las personas, en fin, los acontecimientos cotidianos. Toda su vida en tinta y papel. Únicamente. Nada en la memoria, nada en el corazón. Así, después de descargar un nuevo episodio de la novela diaria, tal vez podría dormir con tranquilidad, con la mente en blanco, literalmente.
Esa fue su decisión.
Keigo. Ella lo llamó nuevamente, pero él no aparecía por ningún lado, era como si no supiera cuánto le necesitaba. Pero lo peor era que tampoco los demás se daban cuenta de su presencia, la gente pasaba a su lado sin prestarle la menor atención, incluso por un momento tuvo la sensación de que pasaban a través suyo. Siempre ocurría lo mismo, y después, estando en el jardín, ¡cómo ansiaba mostrarles a todos la belleza de sus flores!, pero era demasiado tarde, ya no había nadie alrededor.
Un rayo de Sol le dio en el rostro, sintió la tibia caricia y no quiso despertar, pero al instante reaccionó y se incorporó, sentada en la cama miró su reloj, era demasiado tarde para la escuela, ya había amanecido.
-¿Otra vez te quedaste dormida Lizzy?- preguntó Alissa mientras se servía café y la miraba de reojo.
-Otra pesadilla- contestó adormilada Elizabeth –A pesar de todo... otra vez lo mismo.
-¿A pesar de qué?
-Eh?! ...este... no, digo... nada, solo pensaba en voz alta- la joven pelirroja trató de disimular tomando una rebanada de pan- ¿ya no tenemos mantequilla?
Faltaban diez minutos para las once de la mañana, el edificio principal se veía totalmente en calma, nadie andaba por los pasillos y el silencio incluso resultaba molesto a los oídos. Los minutos parecían eternos mientras el maestro hojeaba despreocupadamente un libro de autoayuda y superación personal, en tanto que la mayoría de los alumnos, visiblemente angustiados, intentaban contestar el examen sorpresa.
La chica pelirroja, contrario a los demás, ya había entregado su hoja con las preguntas perfectamente contestadas y miraba fijamente al frente, despertando la atención de Jovan, quien la observaba por momentos: él contestaba una pregunta y volteaba a verla, como si en el aura de la chica se encontraran las respuestas. Por fin el profesor alzó la vista y pidió los exámenes. Con un desconsolado “Aahhhh” general, los muchachos dejaron de escribir permitiendo al maestro pasar de mesa en mesa a recoger las hojas.
Elizabeth entró rápidamente a la Biblioteca, y ocupó un alejado cubículo junto a la ventana principal, tenía mucho sueño y en ese momento solo pensaba en dormir, pero sabía que las visiones que la asaltaban al cerrar los ojos se estaban haciendo cada vez más nítidas, aunque para ella fueran tan lejanas como recuerdos antiguos, temía perderse en esas imágenes y después no sabría cuál era la realidad y cuál la ilusión.
Miró a través del cristal fijando su mirada en el hermoso azul del cielo, como implorando que la cafeína del “latte” que recién había bebido al salir de clases hiciese efecto de inmediato. Después de unos instantes, con un suspiro sacó de su mochila una revista de modas, la actriz en la portada sonreía vagamente, pero fue la estilizada joya que pendía de su cuello lo que atraía la atención de la jovencita, esa imagen fue en un principio lo que había provocado la compra impulsiva en el puesto de periódicos. Ahora podía contemplar detenidamente el intenso tono carmesí, los destellos del diamante que la lente y la destreza del fotógrafo habían eternizado sólo para ella.
Un repentino mareo y el comienzo de un punzante dolor en la sien la hicieron apartar la vista de la fotografía. Sin darse cuenta, abrió la revista encontrando su Diario en medio de las hojas, ya tenía su lápiz en la mano izquierda y comenzó a escribir. De soslayo miró su reloj, aún faltaba media hora para su última clase, la de Computación.
Más tarde, el joven rubio seguía con la mirada a Elizabeth de un edificio a otro, mientras la chica caminaba hacia el salón de informática; tan ensimismado estaba que no sintió cuando se aproximó Connie.
-¡Jovan!
-Ah, eres tú, ¿qué onda?
-¿A quién ves que no me contestas, eh?- Connie miraba con malicia al muchacho, pues ella sabía perfectamente la respuesta, que por supuesto, él no iba a decir. -Estabas como ido.-
-A nadie, sólo estaba pensando... Y qué, ¿no vas a ir a almorzar?
-Pues si me invitas, sale – dijo tomando del brazo a su amigo.
Minutos más tarde, mientras comían ensalada de frutas, Jovan empezó por platicar sus últimas hazañas como titular en el equipo de básquet, pero Connie sólo fingía escucharlo, pues aún estaba algo molesta por la preferencia que el chico mostraba por la pelirroja, así que poco a poco, sin dejar de verlo a los ojos y con una sonrisa congelada en su rostro, se adentró en sus pensamientos, sin saber por qué, desde que había conocido a Elizabeth tenía sentimientos encontrados hacía ella.
De alguna u otra manera esa muchacha pelirroja siempre sacaba las mejores calificaciones, los maestros la preferían y no se diga los alumnos. Mientras que ella, la simple Connie, tenía que esforzarse diariamente, estudiar hasta medianoche y esmerarse por elaborar los mejores trabajos de investigación, además de ser voluntaria en todas las actividades culturales, y sin embargo, con todo y su medalla de primer lugar en el campeonato universitario de gimnasia artística, siempre terminaba sintiéndose menos que Elizabeth.
Pero a pesar de todo, no podía negar que la admiraba al verla pasar, o cuando le pedía prestado un cuaderno a la pelirroja para copiar apuntes, siempre quedaba embelesada al leer la letra diáfana y perfecta. Era un sentimiento más profundo que la envidia misma. Hubiera dado cualquier cosa no por ser como Elizabeth, sino por ser Elizabeth.


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